El Día final

Durante seis mil años vivimos con miedo al cielo cristalino, aterrorizados por el inevitable poder castigador de sus señores alados y por sus carros de guerra diamantinos. Seis mil años de esclavitud ciega y silenciosa. Seis mil años a la sombra de los Arkones, fortalezas que abrasaban con azufre y llamas ardientes a quienes osaban rebelarse.
 

Erigimos torres de sacrificio y colmamos sus cumbres de valiosas ofrendas. Les entregamos a los Arkones nuestras hijas y mujeres. Bajo sus órdenes, declaramos la guerra a aquellos que los contrariaban o veneraban a sus enemigos provenientes de otras partes de los cielos. Un solo gesto les bastó para derrocar a nuestros reyes y reescribir las tablas de la ley. Éramos conscientes de que sus cuerpos, forjados de metal celestial indestructible, eran invulnerables a nuestro acero terrenal. Así que nos inclinamos hasta tocar el suelo cuando las amenazadoras alas de los amos Arkones se agitaban sobre nosotros en las alturas.

Y así continuó la vida hasta la llegada del Día Final.

Los ancianos aún recuerdan cómo el cielo se partieron por la mitad. Nadie sabe qué sucedió entre los Arkones, pero el eco de su guerra sacudió Haradán. Emprendimos un gran viaje guiados por nuestros sacerdotes y sometidos a su voluntad. Debíamos destruir los altares de los infieles, eliminar sus templos de la faz de la tierra, crear un río de sangre en el nombre de nuestros señores.

En el cielo legiones aladas nos sobrevolaban mientras nosotros hacíamos retumbar nuestros tambores para amortiguar el latido de nuestros corazones. Guerra en el cielo, guerra en la tierra. Nuestra única esperanza era que las cenizas de los héroes se elevara hasta las nubes con el humo de las piras funerarias y ablandara los pétreos corazones de nuestros amos.

Dos grandes ejércitos se enfrentaron en el lugar hoy conocido como la Montaña de la Revelación. A pesar de que las nubes ocultaban su cima, durante el primer día de combates casi la mitad de la montaña ya estaba cubierta de sangre. Nuestra sangre. Nadie suplicó clemencia, pues sabíamos que los cielos no tienen clemencia. Los escudos se resquebrajaron, las espadas se rompieron, quienes aún podían arrastrarse luchaban con sus dientes. En los barrancos del lugar aún se escucha el eco de los gemidos de quienes cayeron el Día Final.
 

Yo lo sé porque estuve allí. Tras atravesar a un enemigo más con una lanza rota, alcé mi mirada al cielo y supliqué que me diera fuerza para sobrevivir hasta el crepúsculo. Pensaba que me sería más fácil morir en la oscuridad.

Fue entonces cuando vi a los jefes de ambos ejércitos celestiales chocarse sobre la cima de la montaña y precipitarse hacia nosotros en llamas como meteoritos. Golpeaban al contrario con tanta fuerza y era tal el odio que sentían hacia el otro que no se dieron cuenta de que no volaban, sino que caían.
 

Los dos Arkones se estrellaron al pié de la montaña y la tierra rugió de dolor. Una explosión monstruosa incineró a quienes luchaban en la vanguardia y el impacto lanzó al suelo al resto. La batalla se detuvo. Los supervivientes, confusos, olvidaron el color de su estandarte y se arrastraron hacia el gigantesco cráter que se había formado en el lugar en el que se habían estrellado sus amos.

Yo fui uno de los primeros en llegar al borde del cráter. El calor del impacto había solidificado la tierra, que había adquirido una cualidad cristalina. El calor abrasó mis palmas hasta dejarlas en carne viva, pero yo no era consciente del dolor. La imagen que tenía ante mí se había apoderado de todos mis sentidos.

Ante mis ojos tenía al amo de mi gente. Yacía junto al enemigo en el fondo del cráter. La caída había roto y extinguido sus alas de fuego y le había arrancado la brillante máscara que yo, como cualquier otra persona en el mundo, creía que era el verdadero rostro de un Arkon.

En ese momento, descubrimos la verdad. El rostro desencajado de dolor del señor de los cielos era el rostro de una persona. Lo que pensábamos que era el cuerpo invencible de una deidad forjado de metal celestial, no era más que una simple armadura: Una cáscara que protegía la carne vulnerable y mortal en su interior. La carne de un mentiroso, de un usurpador celestial.

Miles de voces unieron sus voces en un rugido furioso e indignado que estremeció los yacimientos de la montaña. Sobre los Arkones cayó una lluvia de piedra ante la que apenas pudieron moverse débilmente, incapaces de emplear su poder destructor sobre nosotros.

Dejé de mirar a los caídos. Habían dejado de interesarme, pues realizado un nuevo descubrimiento aún más trascendental. Miré la máscara de mi maestro, el semblante de metal brillante a la par hermoso y horrendo que se había fundido con el margen del cráter.

La máscara me estaba mirando. Y yo escuchaba y entendía su llamada. Me arrastré hacia ella dejando trozos de piel abrasada en las piedras incandescentes. Una fuerza sobrenatural se apoderó de mí y arranqué con las uñas la máscara del magma a medio solidificar. A pesar del calor que desprendía todo a su alrededor, la máscara estaba fría. Templó mis palmas desfiguradas y una sensación de poder ilimitado, de control sobre mi propio destino y el destino de todos nosotros me llenó con tan solo tocarla.

Me erguí y apreté la máscara contra mi rostro cubierto de sangre.

Una ola de poder inundó mi cuerpo. Vi el mundo con colores que hasta ahora los ojos humanos no habían vislumbrado... Sentí como me alzaba sobre la tierra escuché el sonido del metal. La armadura del Arkon caído abandonó su cuerpo y, como si de un imán se tratara, se cerró en torno a mi cuerpo.

Con cada sección que cubría mi cuerpo se me revelaba un nuevo capítulo de la historia. Vi a todos sus dueños, incluso a aquellos de épocas anteriores a los patéticos y débiles Arkones con su sed de poder. No todos habían sido humanos. El aspecto de algunos era tan horripilante que, de no ser por la valentía que me había otorgado la armadura, hubiera enloquecido hasta arrancarme los ojos.

Vi y comprendí que la armadura había sido forjada en los albores del tiempo. La armadura protegía al mundo y a sus habitantes de los desalmados devoradores, para cuya destrucción había sido creada. Se me desveló la naturaleza del universo y de las guerras continuas tanto en nuestro universo como fuera de sus límites. Tan solo se me ocultó a los Creadores de la armadura y a los devoradores contra los que estaban en guerra. Parece ser que mi mente, aún fortalecida por la armadura, aún no estaba preparada para ese encuentro.

Se me desveló la verdadera naturaleza de la armadura. Estaba dotada de espíritu y incluso de una especie de razón. La armadura podía ser leal a su dueño, podía odiar a sus enemigos y enseñarle a su portador la magia de combate de los Creadores. Solo demandaba una cosa a cambio; servir al objetivo para el que había sido creada: proteger el universo de quienes buscaban su destrucción, de aquellos sedientos de nuestras ardientes almas. Pues solo la llama ardiente de un alma es capaz de satisfacer el hambre helada de los insaciables devoradores. Solo los dueños de la armadura y las armas de los Creadores se interponen entre los devoradores y aquellos nacidos bajo el sol y la luna.

Comprendí que, durante sus siglos de servicio, la naturaleza de la armadura se había cambiado al igual que sus dueños. La armadura adoptaba sus cualidades. Y no todas eran irreprochables, al contrario de lo que habrían deseado los Creadores. Ese poder capaz de abrir los cielos y el firmamento, pedía a cambio furia combativa. El espíritu de la armadura estaba sediento de sangre y debía ser saciado continuamente. El dueño de la armadura estaba condenado a hacer la guerra y a cambio su cuerpo, revestido de acero celestial, sería invulnerable al tiempo, al veneno y a la débil magia humana. Pero desgraciadamente, la armadura era incapaz de distinguir una guerra justa de una injusta, a un granuja de un héroe.

Se me reveló el nombre de la armadura celestial, un nombre que en la lengua de los Creadores significa «fuerza irrefrenable» y también «carro de poder destructivo». Juggernaut

- ¡Juggernaut! – aullé y mi voz, repleta de poder, era como el trueno.

Unas alas tejidas de hilo ardiente se agitaron a mis espaldas y mi mano extendida alzó una espada de helado brillo.

- ¡Juggernaut! – escuché, y no era mi eco.

Un guerrero del otro bando, mi enemigo, se alzaba al otro lado del cráter y portaba otra armadura de los Creadores. Sus alas eran oscuras como el manto de la noche y de su espada escarlata aún chorreaba lava.

Nos miramos fijamente y esa mirada nos dijo que por hoy, nuestra gente envainaría sus espadas. Al día siguiente transformaríamos nuestros altares de sacrificio en torres de asedio y ascenderíamos las murallas de sus fortalezas volantes. Les arrebataríamos las armaduras Juggernaut a los Arkones, que habían abusado de su poder. Nos vengaríamos por los miles de años de esclavitud, haríamos caer de los cielos a nuestros antiguos amos hasta aplastarlos contra el suelo y saciarnos de su sangre y sus lágrimas.

Y el día después volveríamos a este lugar, a la montaña que conforma la frontera entre nuestras tierras. Los fundamentos de nuestro mundo se estremecerían bajo nuestros pies, nuestras alas oscurecerían el horizonte. Regresaríamos para terminar lo que comenzó el Día Final, pues no hay nada. Ni paz, ni descanso…

…Solo el sabor de la sangre en los labios, una mano helada en el corazón, la jaula metálica de un cuerpo extraño y el sordo zumbido del odio en los cielos.

Y tú regresarás conmigo, guerrero Juggernaut, a poner el punto final a esta antigua disputa.

Estas son mis palabras. Yo, Destructor de los Arkones, Carro diamantino de la destrucción, Protector del mundo, Emperador de los cielos. Cuando escuches mi llamada, sabrás que ha llegado la hora.

¡Juggernaut!